domingo, 10 de marzo de 2013

POR QUÉ EXISTE DESEMPLEO


Evidentemente, el paro lo causan los políticos interviniendo el mercado laboral. Si la política no impidiera que los trabajadores compitieran entre sí para encontrar empleo con sueldos a la baja (al igual que los empresarios compiten por los empleados con sueldos al alza), nadie, absolutamente nadie, que deseara trabajar estaría desocupado. Algo tan simple y notorio causa estupor que la gran mayoría aún no lo comprenda, pero me temo que si hubiera algún interés político en que dos más dos fueran cinco, la aritmética sería muy diferente.

En efecto, el problema del paro no es más que un descarado caso particular del consabido desajuste provocado por el monopolio y la intervención de precios, o sea, la ausencia de un mercado libre: si no se permite que demandantes y oferentes acuerden sin trabas en qué condiciones pactan, el inevitable resultado será la escasez o el exceso, según se mire. En este caso, resulta curioso cómo la escasez de empleo, responsabilidad directa de la coacción legislativa y sindical inspirada en la criminal ideología socialista imperante, se confunde de manera absurda con la escasez de un, a todas luces, inagotable trabajo y parece ser a ojos de legiones de necios e incautos algo así como una especie de fatídica maldición bíblica o, en el colmo de la estupidez, el resultado de  avances tecnológicos que sustituyen  mano de obra. Convendría recordar al respecto que el trabajo no es un bien en sí mismo, sino una penosa necesidad que alguien tiene que soportar (si no lo haríamos incluso gratis); lo que nos interesa son las cosas que podemos obtener por medio del trabajo, perogrullada esta cuyas implicaciones, sin embargo, han pasado por alto los zoquetes de la izquierda.

Me explicaré mencionando otra obviedad: el trabajo ajeno, lejos de perjudicarnos, origina sinergias sumamente beneficiosas. Nos conviene sin la menor duda que los demás trabajen, aunque sólo fuera por no tener que mantenerlos. ¿Por qué, entonces, interpretamos como una amenaza que otro se ofrezca a realizar nuestro trabajo por menos dinero o incluso gratis? ¿Acaso nos perjudica, parafraseando al gran Bastiat, no tener que pagar por el aire que respiramos, la luz del sol o el resto de dones gratuitos? La disminución de costes laborales, o cualquier otro coste, o sea, el progresivo abaratamiento de bienes hasta su gratuidad, obviamente beneficia al consumidor, es decir, a todos. Se objetará que siempre quedarán bienes costosos para cuya adquisición necesitamos ese dinero que ya no ganamos al perder nuestro trabajo. Dediquémonos entonces sin dilación a la producción de tales bienes, ya que en un mercado libre siempre encontraremos empleo compitiendo con salarios a la baja. Y así sucesivamente. Cada vez que los costes productivos disminuyen, por el motivo que sea, la sociedad en su conjunto se enriquece, es decir, aumenta el poder adquisitivo aunque el nominal salarial, dato irrelevante, se reduzca (desgraciadamente, ya lo evitan los bancos centrales imprimiendo dinero a mansalva). Cuando el proceso avanzara y todo lo que hoy día es gravoso se tornara casi gratis, seríamos inmensamente ricos, sería como vivir en el paraíso con todo a nuestra disposición sin el menor esfuerzo gracias al capitalismo y a la libertad.

En fin, es bastante sencillo explicar lo fácil que sería eliminar el paro con la liberalización absoluta de los mercados y la desaparición de privilegios, pero los políticos nunca van a reconocer que la solución a todos los problemas que ellos mismos causan pasa por su destierro.

Comentaba yo hace un añoen LD, antes de que me censuraran por criticar a alguno de sus colaboradores (como si yo tuviera la culpa de sus deficiencias), algo que complementa lo dicho.

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