sábado, 9 de marzo de 2013

SOCIALISMO ES LA NEGACIÓN DE LA LEY

Ley en sentido material es una norma general y abstracta. Es decir, una norma igual para todos, sin excepciones, que regula situaciones tipificadas pero inespecíficas de manera que en principio no favorezca ni perjudique a nadie. Una norma dirigida a la consecución de un fin particular y concreto no es ley sino privilegio y discriminación. Y no existen discriminaciones ni privilegios positivos, al igual que no hay robos o asesinatos aceptables: un delito no se compensa cometiendo otro delito, sino castigando al criminal concreto e individual y restableciendo el imperio de la ley, de la norma general y abstracta.

Hasta la mente más simple entiende que sin estricta igualdad ante la ley no se puede hablar de que rija en verdad alguna clase de ley, digna de tal nombre, capaz de acotar la arbitrariedad y el despotismo. Por eso estremece que profesionales de la judicatura, suplantando al poder ejecutivo, se permitan la discrecionalidad de saltarse la generalidad de una pauta (como en el reciente caso Pallerols) en aras de la ejemplaridad o cualquier otro fin: no cabe un ataque más directo (ni tan siquiera avalado por unas urnas) a la idea de Estado de Derecho. Pero constatar que, no sólo de hecho sino por definición, la política es la antítesis de la Ley no debe distraernos de la tesis principal: demostrar que si bien toda política vulnera por vocación la Ley, sólo el socialismo lo tiene por objetivo expreso y consciente.

Se podría definir el socialismo como la planificación y control de la sociedad mediante la coacción sistemática de los individuos que la integran. Supone, por tanto, la negación premeditada de la libertad en interés de determinados fines utópicos, como alcanzar una sociedad homogénea e igualitaria en cuanto a resultados, hacia la que jamás devendrían espontáneamente individuos libres e iguales ante la ley. Pero así como sin ley que impida la agresión no puede existir libertad, sin libertad tampoco tiene sentido ninguna ley genuina. En efecto, la esclavitud comparte con el caos la ausencia de ley como rasgo definitorio: el azar y la obligación caprichosa son esencialmente lo mismo, como ya vislumbró Hume, pura arbitrariedad y falta de patrón o concierto. Sólo los individuos libres pueden atenerse a una ley que limite sus actos a fin de conciliar las distintas libertades; los esclavos se someten a una orden que en vez de restringir sus acciones las dirige hasta el último detalle de modo particular y concreto por oposición a la generalidad y abstracción que definen la ley. Puesto que el socialismo condena la libertad, la igualdad ante la ley, que sin duda malograría sus políticas redistributivas, esa absurda igualdad de resultados, se aboca a la negación implícita de las disposiciones generales y abstractas: sólo los mandatos particulares y concretos sobre individuos y determinados colectivos resultan útiles para encauzar a las sociedades en preconcebidas sendas “correctas”.

El socialismo representa, pues, el imperio del crimen, pero no sólo de manera coyuntural o colateral como empíricamente se constata (más de cien millones de víctimas y la permanente destrucción de la legalidad allá donde se asienta) sino por necesidad esencial. Se trata de un crimen organizado y sistemático, un crimen de Estado, no exento de cierta deontología, que en la medida que es oficial, irrefrenable y previsible resulta asimilado y hasta tolerado, pero de consecuencias mucho más nocivas y perversas que los crímenes comunes, pues a diferencia de estos no es censurado unánimemente como injusto.

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